Buscar sólo en este departamento
El éxodo italiano
Adriano Farano

Antonio es un amigo italiano que trabaja en el sector de la tecnología de la información. Cuando tenía 30 años, ya ocupaba un cargo que en Italia normalmente lo tienen solamente las personas de 45 años o más.

Cansado de intentar demostrar a sus clientes que se merecía el cargo que tenía, se dejó barba y se tiñó el pelo de gris. En cambio, en Estados Unidos, el recientemente fallecido Steve Jobs co-fundó Apple cuando sólo tenía 21 años.

Italia y Europa deberían tener en cuenta esta anécdota a la hora de analizar la situación del país y ver que sus problemas van más allá del liderazgo rococó del antiguo primer ministro Silvio Berlusconi, que acabó con su reciente dimisión. De hecho, el principal problema de Italia no es, y nunca lo fue, Berlusconi, sino la gerontocracia, el nepotismo y la anti-meritocracia firmemente arraigados en el país. Y los italianos son a la vez los causantes y las víctimas de este estado de punto muerto.

Yo no me fui de mi país en 2001 a causa de Berlusconi (que en esa época no ocupaba el cargo). Y ninguna de las 90.000 personas que se van de Italia cada año –casi un millón en los últimos diez años de los 60 millones de habitantes que tiene el país, según cifras de la ONG Migrantes– toma esta decisión por motivos políticos.

Nos vamos de Italia porque es un país que está estancado, especialmente para los jóvenes. Según datos de la OCDE, el 90% de los italianos de menos de 24 años edad vive con sus padres y el 28% de los jóvenes está en paro, frente a la media del 17% en los otros países desarrollados.

Los motivos del alto nivel de desempleo en los jóvenes son bien conocidos. Según un estudio realizado por las cámaras de comercio italianas, la mitad de los italianos que trabajan consiguieron su empleo gracias a conexiones familiares o sociales.

Es cierto que las presentaciones y las recomendaciones son importantes en todo el mundo para encontrar un trabajo, pero por ejemplo en Estados Unidos y Reino Unido los círculos sociales y laborales son relativamente abiertos y lo que más se valora a la hora de contratar a una persona o decidir trabajar con ella son sus méritos y sus cualificaciones.

Pero en Italia no. Cuando yo tenía 21 años no pude encontrar socios o inversores para la empresa de noticias en varios idiomas que había creado en internet, CafeBabel.com, principalmente porque en Roma no había nadie que pudiera “recomendar” a un napolitano como yo.

Así que en 2001 me fui a Francia. Aunque era un extranjero en París, encontré las puertas totalmente abiertas. El ecosistema empresarial es aún más abierto y acogedor en el Silicon Valley de California, donde co-fundé este año Tactilize, una compañía que desarrolla herramientas de edición para teléfonos inteligentes y tabletas.

Mi vida como empresario habría sido una pesadilla si me hubiese quedado en Italia. Según el Banco Mundial, mi país ocupa el lugar 87 de la lista de naciones donde es más fácil hacer negocios, muy por detrás de Estados Unidos (4), Francia (29) e, incluso, Botswana (54). Esto refleja la burocracia kafkiana, los elevados niveles de crimen organizado y de corrupción y la cultura empresarial generalmente conservadora imperantes en Italia.

Aversión al riesgo
Veamos el caso de Daniele Alberti, quien fundó su primera compañía cuando tenía 26 años. Ningún inversor italiano le hizo caso: “¿Por qué vas a tener éxito tú y no los otros?”, le dijeron. Cuatro años después, cuando su compañía tuvo éxito, los mismos inversores quisieron invertir en ella. “A los italianos no les gusta el riesgo”, dice Alberti, que ahora es el consejero delegado de la compañía de nueva creación Vinswer de San Francisco. “El problema es que si no hay riesgo, no hay innovación”.

Los políticos italianos no pueden resolver estos problemas por arte de magia, incluso sin la influencia de Berlusconi. Sus raíces se remontan al Risorgimento, el proceso que unificó la península italiana en el siglo XIX. El Gobierno italiano creado en esa época subió los impuestos, envió tropas a zonas ocupadas cuyos habitantes no hablaban ni una palabra de italiano y obligó a los jóvenes a pasar cinco años en el ejército de un país que no conocían.

Todo esto engendró fuertes sospechas sobre el Estado italiano y dio lugar a la evasión de impuestos y al crimen organizado.

La clase dirigente italiana celebra este año el 150 aniversario de la unificación, pero los italianos de a pie saben que hay poco que celebrar. La unificación ya es un hecho del pasado, pero los problemas que causó continúan constituyendo una carga para el país.

Según las últimas encuestas, estos problemas son un motivo importante por el que aproximadamente el 70% de los italianos que viven en el extranjero no tiene previsto volver a Italia y por el que la mitad de los jóvenes del país sueña con irse al extranjero.

Berlusconi no hizo nada durante sus tres mandatos como primer ministro para cambiar las nefastas condiciones del país, especialmente para los jóvenes. Pero él no creó esos problemas. Por la misma razón, el Gobierno tecnocrático dirigido por el economista Mario Monti será incapaz de transformar Italia si no implanta las políticas y las reformas adecuadas. No echen la culpa a Berlusconi; échensela a los italianos y a sus antepasados.

Fuente: Expansión
© Copyright - CROEM. C/ Acisclo Díaz, 5C. 30005 Murcia · Tlf. 968293800 · Fax 968283069

· Aviso legal · Política de Protección de Datos · Política de Privacidad ·